EN MEMORIA DE HUÁSCAR APARICIO GONZÁLES

EN MEMORIA DE HUÁSCAR APARICIO GONZÁLES

Existen almas que, aunque efímeras, arden con una fuerza tan honda que nacen para brillar… y partir dejando un dolor imposible de apagar. Tal fue la vida de Huáscar Aparicio Gonzáles, un cantor del alma que nació un primero de junio de 1972 en la ciudad de Sucre, como un presagio musical entre las montañas de Chuquisaca y los ríos de Tarija.

Hijo de maestros. Su niñez, transcurrida entre las aulas y las orillas del Guadalquivir, estuvo marcada por dos pasiones: la música y la pesca. La primera lo abrazó para siempre, la segunda fue un lazo silencioso con su padre, con quien compartía los días sin apuro, aprendiendo el arte de esperar…

Desde su adolescencia, Huáscar desbordó talento. Su paso por el colegio Nacional “San Luis” estuvo marcado por su don para cantar. Luego, la Escuela Regional de Música “Pastor Achá Martínez” lo acogió como a uno de sus hijos predilectos. Los premios comenzaron a llegar… Pero no se trataba solo de talento: era emoción convertida en melodía. Su cueca “La Fiesta de San Roque”, sus canciones premiadas como “Bolivia sin Fronteras” o “Sufriendo”, y su música para La Bolivianita cruzaron fronteras, pero nunca lo alejaron de su tierra.

Huáscar eligió vivir para cantar. Aunque egresó como agrónomo, jamás aró la tierra con sus manos, sino con su voz. Fundó sueños hechos grupo, y cada vez que el destino se los llevaba con su viento, volvía a empezar. Así surgió ‘Huáscar Aparicio y Los Chaqueños’, una esperanza hecha música, un rincón de consuelo para quienes aman la memoria sonora del Chaco boliviano.

Luz Rosario López fue el vínculo amoroso que surgió durante su etapa universitaria y que, con el paso del tiempo, se transformó en una relación profunda y significativa. A su lado, construyó una familia que fue su alegría: Mariela, Julia, Rolando y Gustavo, su inspiración más honda, sus canciones hechas vida.

Pero la vida, a veces, es cruel… El 21 de junio de 2013, el destino lo arrancó de su familia, de su música. En un viaje rumbo a Villa Montes, entre nieblas cerradas y caminos traicioneros, el vehículo donde iba junto a sus hijos Rolando y Gustavo, y sus compañeros de grupo, cayó a un abismo. El golpe no solo quebró un auto; quebró también miles de corazones. Murieron con él su hijo Gustavo, de apenas 13 años, y los músicos Fernando Anibarro y Rimbert Callejas. Solo Rolando sobrevivió, herido, con la memoria irreparablemente marcada por ese último concierto que nunca ocurrió.

Huáscar fue enterrado junto a su pequeño en el Cementerio General de Sucre, en un lugar que hoy lleva el eco de todas sus canciones. Y aunque la plaza del barrio 6 de Agosto en la ciudad de Tarija, lleva su nombre, su verdadera tumba está en la nostalgia de quienes lo escucharon decir, con su voz quebrada de emoción: “Hoy me iré…” sin saber que ese adiós sería real, y tan temprano.

Su música no murió con él. Sus canciones siguen brotando en las radios, en las fiestas, en los silencios largos de quienes aún no pueden creer que el cantor ya no volverá a subirse al escenario. A veces, cuando el viento sopla desde el sur, parece que su guitarra aún canta. Y quizás lo hace…

(ERiM)

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